La alegría y descanso de saberme nueva

La alegría y descanso de saberme nueva

Soy una persona muy introspectiva. Con frecuencia me examino a mí, a otros, al mundo, a lo que podría pasar, a lo que es, a lo que será y al por qué de cada asunto.

Con frecuencia pienso en las cosas que hubiese podido decir y hacer, pero sobre todo hay tiempos en mi vida en los que me veo tentada e inundada por miles de pensamientos desagradables.

Pensamientos que me abruman y afectan, y que Dios quiere tratar.

Tengo la certeza de que conocí al Señor hace ya varios años, y que como decía una mujer en una miniserie que he estado viendo, no entiendo muy bien qué pasó, pero, mi vida era una y ahora es otra, y la diferencia en el medio la ha hecho solo Jesús.

Sé que llegué al entendimiento de su precioso evangelio y que como dice su palabra, he nacido de nuevo del Espíritu (Juan 3:5-7).

Sin embargo, desde hace un tiempo estaba luchando con muchos pensamientos sobre mi pasado, mis pecados y quien era yo, y contrario a alegrarme por lo que Dios había hecho en mí, al sacarme de allí, me estaba llenando de una culpa y tristeza que me impedían el gozo.

Yo siempre insisto que hay muchas cosas que podemos saber de Dios y su obra, pero si él no las trata personalmente en nosotras y nos las enseña, no las podemos entender por completo.

Bien, pues, una de esas cosas que yo sabía, pero no entendía, era cómo estaba construida mi identidad en Cristo.

Bien sé y me repito, que soy hija amada, que Cristo murió por mi en la cruz del Calvario, que soy suya, que he nacido de nuevo, y muchas otras cosas más, pero había una que particularmente Dios quería afirmar en mí, y que, aunque ya la sabía, en teoría, no había meditado en ella, ni la vivía, por eso me llenaba de angustia y carga al pensar en mi pasado.

La segunda carta de Pablo a los Corintios en el capítulo cinco versículos 14 al 17 dicen lo siguiente:

“… estamos convencidos de que uno murió por todos, y por consiguiente todos murieron. Y él murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió por ellos y fue resucitado. Así que de ahora en adelante no consideramos a nadie según criterios meramente humanos. Aunque antes conocimos a Cristo de esta manera, ya no lo conocemos así. Por lo tanto, si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!”

En medio de mi angustia de estos días una de mis hermanas me recordó esta sencilla verdad que lo cambia todo: He sido hecha nueva.

La  mujer que yo era, ya no es más porque se murió. Si alguien me preguntara qué pasó con la adolescente y mujer perdida que fui, mi respuesta sería que ya no existe.

Jesús no me renovó por partes ni me puso unos retacitos nuevos donde había algunas cosas por cambiar. Él me hizo nueva por completo.

Mis pensamientos se desviaron, y con mucho dolor hasta dudé de la bondad de Dios en medio de mi historia, por lo que durante un par de días creí que seguía siendo esa misma mujer perdida, sin Dios y sin esperanza, y con la carga inmensa de mi maldad.

Sin embargo, Dios vino a ayudarme, no solo para recordarme quien soy y su evangelio, sino también para afirmar mi identidad en él. Ya no soy más esa adolescente perdida y muerta en sus pecados.

¡Fui hecha nueva! Ya lo viejo pasó, tengo una vida, identidad y propósito nuevos.

¡Qué futuro tan prometedor! Me puedo dedicar a vivir por aquel que murió por mí, porque “somos la obra maestra de Dios. Él nos creó de nuevo en Cristo Jesús, a fin de que hagamos las cosas buenas que preparó para nosotros tiempo atrás” (Efesios 2:10).

Qué gozo saber que la muerte de mi Señor me sepultó con él, que he sido resucitada a una nueva vida, y que ya no vivo para mí, ni como vivía, sino para él.

¿Reconoces esto en tu vida o sigues lamentándote quién eras y tus pecados?

Hoy quiero recordarte que hemos sido hechas nuevas, limpias, relucientes, santas, justificadas, amadas, redimidas, reconciliadas, y levantadas para la gloria de su nombre.

Adora al Señor porque te hizo nueva y porque no se acuerda más de tus pecados, sino que te ve por medio de aquel que dijo: Todo está terminado.

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