Examina mi corazón, porque yo no puedo

Examina mi corazón, porque yo no puedo

En Salmos 139: 23-24 dice: Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.

En esto meditaba cuando mi hija menor, que ahora tiene 5 años, tuvo una mala tarde, de esas en las que los niños están muy cansados de tanto jugar, pero a la vez tienen ganas de seguir jugando; es decir, no saben bien lo que quieren. Ella batallaba con su mal humor, con su irritabilidad y con su deseo natural de no obedecer y de llevar la contraria. Ya se había ganado un par de regaños, una invitación a calmarse y un tiempo a solas. Terminó metida debajo del sofá, y entonces me acerqué para preguntarle cómo se sentía y qué podía hacer para ayudarla; se quedó un tiempo en silencio y después me dijo “no sé que tengo, quiero estar sola”.

Me vi reflejada en ella, tantas veces cansada por cargas auto impuestas y empecinada en llevarle la contraria a Dios y no dejarme ayudar, irritable y malhumorada escondiéndome y alejándome de quienes me aman. ¿Te ha pasado que actúas como una niña de 5 años? Yo sí, y en ese momento me di cuenta de lo hermosa y necesaria que es esta súplica del salmista. Pues cuando nosotros no sabemos muy bien lo que sentimos o lo que hay en nuestro corazón, él si lo conoce. Dios, el creador del universo, el que ha puesto cada estrella en su sitio, cada célula en nuestro cuerpo y quien ordena la vida, es el mismo que pesa los corazones y nos conoce a profundidad.

El Dios eterno que nos ama inmensamente y que es un padre lento para ira y grande en misericordia, tal como podemos leerlo en varias porciones de la palabra (Números 14:8; Éxodo 34:6-7; Salmos 103:8 entre otros) nos conoce, nos mira como un padre mira a sus hijos cuando tienen una mala tarde, y nos tiene paciencia.  Al mismo tiempo, como es un padre bueno, no deja pasar nuestros errores y no nos abandona a nuestra propia naturaleza de pecado, sino que nos reprende como reprende un padre a su hijo querido (Proverbios 3:12). Él conoce nuestros pensamientos y palabras antes de que salgan de nuestra boca. Él sí sabe lo que hay en nuestro corazón.

Muchas veces nosotros creemos estar haciendo lo bueno, creemos tener toda la razón para enfadarnos, creemos tener suficientes justificaciones para alejarnos de lo demás, para procrastinar y no asumir nuestras responsabilidades, pero Dios sabe nombrar nuestros sentimientos, emociones y motivaciones. Él puede examinarnos, y mejor aún, puede a través de su Espíritu Santo convencernos de pecado y guiarnos por el camino correcto. De nuestra parte solo debemos disponernos a orar al Padre que nos ama pacientemente y abrir nuestro corazón para dejarnos guiar.

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