La buena alumna

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2: 8-9)

Un día había una buena alumna, una de esas que se sienta en las sillas de adelante, sonríe y asiente mientras que el profesor explica, levanta la mano para responder y demostrar que está atenta.

Sí, de esas que creen estar en lo correcto y se esfuerzan para recibir aplausos de sus superiores.

No voy a decirles que no vale la pena prestar atención en un salón de clases porque aprender es siempre maravilloso; pero la motivación del corazón de esta buena alumna para cumplir con las normas y demostrar sus conocimientos estaba lejos de buscar disfrutar sus dones reconociendo que eran brindados por Dios.

Esta buena alumna creía en Dios, pero creía aún más en ella misma y suponía siempre que los aplausos eran para ella y gracias a ella. ¡Cuán equivocada y cuán endurecido corazón!

Buscar agradar, no llevar la contraria, ser felicitada y reconocida; pretender a toda costa estar en los primeros lugares, son actitudes de un corazón que no sabe quién es su creador, de qué tamaño es su Dios ni entiende su perspectiva frente a Él.

Por el contrario, esas certezas en sus propias capacidades demuestran que quien está en el pedestal es su propia inteligencia.

En contravía la Biblia nos invita a hacer todo para Dios y a reconocerlo en cada acción.

“El que habla, que hable conforme a las palabras de Dios; el que sirve, que lo haga por la fortaleza que Dios da, para que en todo Dios sea glorificado mediante Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén.” (1 Pedro 4:11)

Y sí, la palabra también nos invita a ser esforzadas y valientes, a ser diligentes y a obrar con rectitud.

Podemos afirmar entonces que el problema no será nunca lograr buenos resultados, el problema sin lugar a dudas será lo que hay en nuestro corazón y las motivaciones que nos llevan a obrar y buscar la excelencia.

De hecho, el autor de la carta a los Hebreos ora para que estos hermanos hagan todo por Jesús y sean, a través de Él, aptos para cumplir con sus tareas, pero enfatiza en que la gloria es para Él y que para siempre “os haga aptos en toda obra buena para hacer su voluntad, obrando Él en nosotros lo que es agradable delante de Él mediante Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.” (Hebreos 13:21)

Porque a esta buena alumna, empecinada en hacer brillar su propio nombre, hay que recordarle que, como lo afirma Pablo, la salvación es solo por gracia y mediante nuestra fe.

Y no hay ninguna, ninguna, ninguna cosa que ella pueda hacer que pueda siquiera igualar el sacrificio de Cristo en la cruz. Gracias a Dios por su gracia que es derramada sobre toda nuestra debilidad.

Por eso hoy, cuando a veces vuelvo a ser esa buena alumna en diferentes aspectos de mi vida, oro y te invito a orar a ti también:

Señor, vengo ante ti, te necesito. Mi corazón está agotado y mi mente inquieta y confundida, todavía creo que es mi propia sabiduría o mi inteligencia lo que me permitirá sortear obstáculos.

Reconozco que eres Dios soberano, rey del universo y mi Padre del cielo. Por favor, permíteme descansar en estas verdades.  Dame un corazón tranquilo y sereno, seguro y confiado en ti.

Permíteme recibir tu Santo Espíritu y atesorar (mejor: guardar o depositar) en mi corazón que no tengo nada aparte de ti y que cualquier cosa que tenga o pueda hacer es solo la muestra de tu gran amor y tu gracia siempre inmerecida.

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