El miedo, un virus más veloz que el coronavirus

El miedo, un virus más veloz que el coronavirus

Calles vacías, supermercados desabastecidos, temor a estar cerca del otro, angustia por las consecuencias económicas, horror por la muerte, terror al toparnos en la calle con un extranjero. Estos son entre muchos otros, los efectos del coronavirus.  De un momento a otro la vida nos cambió y el miedo se metió en nuestras casas, se sentó a comer en nuestra mesa y su presencia nos ha robado el aliento, la esperanza, el gozo, la capacidad de soñar, y sobre todo, nos ha nublado la vista y embotado la memoria.

Lo mismo les pasó a los discípulos. Vivieron con Jesús una de las experiencias más grandiosas: la multiplicación de cinco panes y dos pescados. Vieron a Jesús como el Dios que de lo poco hace mucho, un Dios que por su obrar trae satisfacción a miles, un Dios compasivo y atento a la más básica necesidad del ser humano: el alimento. Pero ahora, los discípulos viven  otra travesía, se adentran en el mar, se hallan subidos en su medio de transporte habitual, pero su barca empieza a ser zarandeada por las olas y por un fuerte viento. Es en medio de la tormenta que Jesús se les aparece tratando de calmarlos y de aquietar sus corazones. Y allí, en medio de esa tormenta, ante la aparición de Jesús, Pedro decidió pedir algo arriesgado para comprobar que quien estaba entre ellos y caminaba sobre el mar, era realmente su maestro: “Señor, si eres tú, respondió Pedro, mándame que vaya a ti sobre el agua. Ven, dijo Jesús. Pedro bajó de la barca y caminó sobre el agua en dirección a Jesús. Pero al sentir el viento fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó: ¡Señor, Sálvame! (Mateo 14:28-30).

¿Qué le pasó a Pedro? ¿Acaso no había probado del pan y el pescado que Jesús había multiplicado para una multitud hambrienta? ¿Acaso no había sido testigo de primera mano del cuidado, la compasión y el poder de Cristo para sustentar a hombres, mujeres y niños? Sí, él había sido testigo, pero al parecer, la tormenta que tenía en frente, ese fuerte viento, le estaba haciendo olvidar quién era Jesús. Uno de los efectos del miedo es que nubla nuestra visión y nos hace olvidar el poder y las excelencias de nuestro Dios.  El miedo tiene la capacidad de afectar nuestra memoria, de llevarnos por las calles del olvido, y enfocarnos en lo que es la causa de nuestro temor.

En esta historia del evangelio, Pedro, aun en medio de la tormenta, ve a Jesús y le suplica: ¡Señor, sálvame! Al poner su mirada en Jesús, Pedro recobró nuevamente su memoria. Al fijar sus ojos en Cristo, vio en él a un poderoso Señor y Salvador de cualquier tormenta. Jesús era su Señor, Jesús era su Salvador. En medio del pánico que tenía, Jesús era lo suficientemente poderoso para librarlo y llevarlo hacia Él.

Pedro nos enseña hacia dónde mirar en tiempos de miedo y levanta para nosotras la pregunta ¿En dónde está tu mirada en medio del miedo por la pandemia, por la economía, por la vida? La invitación del Señor es a poner nuestra mirada en Él, a recordar quién es Él y lo que  ha hecho por nosotras en su abundante compasión y gracia.

Mi invitación para ti en estos días es a que tomes tu Biblia y medites en el carácter de Dios; toma las promesas de la Palabra y léelas en voz alta; háblale a tu alma acerca de quién es tu Dios  y haz tuyas las palabras de Pedro: ¡Señor, sálvame! Es verdad, no podemos detener las tormentas que nos agobian, pero, por su gracia, sí podemos decidir en quién ponemos nuestros ojos en estos tiempos de crisis.

“A las montañas levanto mis ojos; ¿de dónde ha de venir mi ayuda? Mi ayuda proviene del Señor, creador del cielo y de la tierra. No permitirá que tu pie resbale; jamás duerme el que te cuida… El Señor es quien te cuida, el Señor es tu sombra protectora… El Señor te protegerá… El Señor te cuidará en el hogar y en el camino, desde ahora y para siempre” (Salmo 121)

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