¿Amos y dueños de nuestro destino?

¿Amos y dueños de nuestro destino?

No nos digamos mentiras, a nosotras nos encanta planear la vida. Apenas comenzaba el 2020 y ya algunas teníamos metas y sueños frescos por cumplir. Mi familia y yo pensábamos en  nuestras próximas vacaciones; pasábamos tiempo planeando e incursionando en los destinos turísticos que podríamos conocer, las fechas en que arribaríamos y el presupuesto a invertir. Hasta que el covid 19 llegó, y en pocos días ya estaba en 180 países con miles de contagiados y muertos,  propagándose a la velocidad de las comunicaciones como un digno ejemplar de la globalización.

Aunque no lo dijéramos abiertamente, muy en el fondo creíamos que éramos dueños y amos de nuestro propio destino. Si bien es muy importante planear, pareciera que tanta planeación le brindara a nuestra mente y corazón  una especie de estimulante que le genera una sensación de seguridad. Entre más estrictas y agendadas sean nuestras actividades, mayor bienestar nos brindan. En fin, nos gusta tener la sartén por el mango.

En estos días, con tantas restricciones, con la agenda patas arriba, con lo único seguro que tenemos: la incertidumbre de cuándo se terminarán estos tiempos, me he puesto a reflexionar mucho en los consejos que Santiago le da a los hermanos en su carta: Presten atención, ustedes que dicen: «Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad y nos quedaremos un año. Haremos negocios allí y ganaremos dinero». ¿Cómo saben qué será de su vida el día de mañana? La vida de ustedes es como la neblina del amanecer: aparece un rato y luego se esfuma. Lo que deberían decir es: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello». De lo contrario, están haciendo alarde de sus propios planes pretenciosos, y semejante jactancia es maligna.” (Santiago 4:13-16)

Ya el Señor en su palabra nos venía advirtiendo sobre esta tendencia de nuestro corazón de querer controlar cada uno de los días de nuestra vida. Pero, ¿qué podríamos aprender de este pasaje?

En primer lugar se pone en evidencia el egocentrismo en el que vivimos los seres humanos. Pensamos que la vida se trata de nosotros, de nuestros planes, de nuestra capacidad de hacer negocios y de ganar dinero. No nos digamos mentiras, quién no ha hecho planes sin contar con el Padre celestial, sin su permiso y dirección, para luego pedirle que bendiga nuestros planes, nos dé protección y provisión, pretendiendo que Él se ajuste a nuestra agenda y no nosotras a la suya, precisamente porque creemos que la vida se trata de nuestras agendas.

En segundo lugar nos muestra que, por mucho que queramos, jamás podremos tener el control de nuestra vida, lo que nos cuesta muchísimo aceptar. Es más, el texto descubre la fragilidad de nosotros los seres humanos. ¿Qué es nuestra vida? Es como la neblina que sale al amanecer, aparece un rato, y luego, se esfuma.

En tercer lugar estos versos nos dejan ver nuestra rebeldía de someter nuestra vida a Dios. Pensamos muchas veces que es hasta ridículo someter en oración los asuntos sencillos y  complejos de la vida, porque consideramos que somos amas y dueñas de nuestro destino, y que nadie tiene derecho a interferir en nuestros asuntos.

Santiago nos enseña que en la mucha planeación de cada detalle de la vida estamos haciendo alarde de planes que son pretenciosos, y todo esto no es más que  una jactancia malignamente pecaminosa.

El Señor nos da lecciones a través de las circunstancias de nuestra vida, y por este tiempo, nos envió un maestro llamado covid 19 para mostrarnos que sus palabras son verdad, que Él es dueño de todo y tiene la autoridad y el derecho de cambiar nuestras agendas.

Ojalá aproveches este tiempo de cuarentena para sacar espacios de reflexión con esta porción de Santiago, y  puedas pedirle perdón al Señor por la jactancia de querer planearlo todo.

Que tu vida y la mía sean rendidas ante el dueño y amo de todo cuanto existe, y reconozcamos que la vida no se trata de nosotras, sino de Él. Que en este tiempo nuestra oración sea: “Señor, recuérdame lo breve que será mi tiempo sobre la tierra. Recuérdame que mis días están contados, ¡y cuán fugaz es mi vida!” (Salmo 39:4)

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